FRAGMENTO DE “LOS MISERABLES” DE
VÍCTOR HUGO
Cuando llegó la noche, salió Jean Valjean, y
Cosette se vistió. Se peinó del modo que le sentaba mejor y se puso un bonito
vestido. ¿Quería salir? No. ¿Esperaba una visita? No.
Al anochecer bajó al jardín. Empezó a pasear bajo
los árboles, separando de tanto en tanto algunas ramas con la mano porque las
había muy bajas.
Así llegó al banco. Se sentó, y puso su mano sobre
la piedra, como si quisiese acariciarla y manifestarle agradecimiento.
De pronto sintió esa sensación indefinible que se
experimenta, aun sin ver, cuando se tiene alguien detrás. Volvió la cabeza y se
levantó. Era él.
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y
delgado. Tenía, bajo un velo de incomparable dulzura, algo de muerte y de
noche. Su rostro estaba iluminado por la claridad del día que muere y por el
pensamiento de un alma que se va. Cosette no dio ni un grito. Retrocedió
lentamente, porque se sentía atraída. El no se movió. Cosette sentía la mirada
de sus ojos, que no podía ver a través de ese velo inefable y triste que lo
rodeaba.
Cosette, al retroceder, encontró un árbol, y se
apoyó en él; sin ese árbol se hubiera caído al suelo. Entonces oyó su voz,
aquella voz que nunca había oído, que apenas sobresalía del susurro de las
hojas, y que murmuraba:
-Perdonadme por estar aquí, pero no podía vivir
como estaba y he venido. ¿Habéis leído lo que dejé en ese banco? ¿Me
reconocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho
tiempo, en que me mirasteis? Fue en el Luxemburgo, cerca del Gladiador. ¿Y del
día que pasasteis cerca de mí? El l6 de junio y el 2 de julio. Va a hacer un
año. Hace mucho tiempo que no os veía. Vivíais en la calle del Oeste, en un tercer
piso; ya veis que lo sé. Yo os seguía. Después habéis desaparecido. Por las
noches vengo aquí. No temáis; nadie me ve; vengo a mirar vuestras ventanas de
cerca. Camino suavemente para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo.
Sois mi ángel, dejadme venir; creo que me voy a morir. ¡Si supieseis! ¡Os
adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo; os incomodo tal vez. ¿Os
incomodo?
-¡Oh, madre mía! -murmuró Cosette. Se le doblaron
las piernas como si se muriera.
El la cogió; ella se desmayaba; la tomó en sus
brazos, la estrechó sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo
temblando. Estaba perdido de amor. Balbuceó:
-¿Me amáis, pues?
Cosette respondió en una voz tan baja, que no era
más que un soplo que apenas se oía:
-¡Ya lo sabéis!
Y ocultó su rostro lleno de rubor en el pecho del
joven.
No tenían ya palabras. Las estrellas empezaban a
brillar. ¿Cómo fue que sus labios se encontraron? ¿Cómo es que el pájaro canta,
que la nieve se funde, que la rosa se abre?
Un beso; eso fue todo.
Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra
con ojos brillantes.
No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad
de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la humedad de las hojas; se
miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos. Se habían cogido las manos
sin saberlo.
Poco a poco se hablaron. La expansión sucedió al
silencio, que es la plenitud. La noche estaba serena y espléndida por encima de
sus cabezas. Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo:
sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, ,sus quimeras, sus debilidades; cómo
se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando
habían cesado de verse. Se confiaron en una intimidad ideal, que ya nunca sería
mayor, lo que tenían de más oculto y secreto.
Cuando se lo dijeron todo, ella reposó su cabeza en
el hombro de Marius, y le preguntó:
-¿Cómo os llamáis?
-Yo me llamo Marius. ¿Y vos?
-Yo me llamo Cosette.
FRAGMENTO
DE LA NOVELA “MARÍA” DE JORGE ISAACS
Durante el día se halló más triste y silenciosa que
de costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto
y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de hilo, las azucenas
que había cogido por la mañana, y, allí fue
Emma a buscarla, cuando ya había oscurecido. Estaba reclinada de codos
en la ventana, y los bucles desordenados de su cabellera casi le ocultaban el
rostro.
¡María!, - le dijo Emma, después de haberla mirado
en silencio unos momentos- ¿No te hará mal este viento de la noche? Ella
sorprendida al principio, le respondió
tomándole una mano, haciendo que se sentase a su lado en el sofá: ya
nada puede hacerme mal. Ahora, no. Deseo estarme aquí todavía. ¡Tengo que decir
tantas cosas!
-
¿No hay tiempo para que
me digas en otra parte? Tú, tan
obediente a las prescripciones del doctor, ¿vas a hacer infructuosos todos sus
cuidados y los nuestros? Hace dos días que ya no eres ya dócil como antes.
-
Es que no saben que voy
a morirme – respondió, abrazando a Emma y sollozando contra su pecho.
-
¡Moriré! ¿Morir, cuando
Efraín va a llegar?
-
Sin verle otra vez, sin
decirle …, morirme sin poderle esperar. Esto es espantoso, agregó,
estremeciéndose después de una pausa, es cierto…Oye: quiero cuanto yo poseo y
le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus
cabellos y los de mi madre, esta sortija que puso en mis manos en víspera de su
viaje, y en mi delantal azul envolverás
mis trenzas… Dios quiere librarle del dolor de hallarme como estoy, del trance
de verme expirar… María dejó de hablar yerta; llamóla y no respondió; dio voces
y acudieron en su auxilio.
Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos
para volverla del acceso, y en la mañana del siguiente día se declaró impotente
para salvarla….
Capítulo
VIII (Fragmento) de MADAME BOVARY –
GUSTAVO FLAUBERT
…. …Subió la amplia escalera recta,
con balaustrada de madera, que conducía al corredor pavimentado de losas
polvorientas al que daban varias habitaciones en hilera, como en los
monasterios o las posadas. La suya estaba al final, a la izquierda. Cuando
llegó a poner los dedos en la cerradura sus fuerzas le abandonaron súbitamente.
Temía que no estuviese allí, casi lo deseaba, y ésta era, sin embargo, su única
esperanza, la última oportunidad de salvación. Se recogió un minuto, y,
armándose de valor ante la necesidad presente, entró.
Rodolfo estaba junto al fuego, los dos
pies sobre la chambrana, fumando una pipa.
-¡Anda!, ¿es usted? -dijo él
levantándose bruscamente.
-¡Sí, soy yo!... Quisiera, Rodolfo,
pedirle un consejo.
Y a pesar de todos sus esfuerzos, le
era imposible abrir la boca.
-¡No ha cambiado, sigue tan
encantadora!
-¡Oh! -replicó ella amargamente-, son
tristes encantos, amigo mío, pues usted los ha desdeñado.
… …-¡Oh, Rodolfo!, ¡si supieras!... ¡te
he querido mucho!
Entonces ella le cogió la mano y
permanecieron algún tiempo con los dedos entrelazados, como el primer día en
los comicios. Por un gesto de orgullo, Rodolfo luchaba por no enternecerse.
Pero desplomándose sobre su pecho, ella le dijo:
-¿Cómo querías que viviese sin ti? ¡No
es posible desacostumbrarse de la felicidad!
¡Estaba desesperada!, ¡creí morir! Te
contaré todo esto, ya verás. ¡Y tú... has huido de mí!...
… …Rodolfo la sentó sobre sus rodillas
y acarició con el revés de su mano sus bandos lisos, en los que a la claridad
del crepúsculo se reflejaba como una flecha de oro un último rayo de sol. Emma
inclinaba la frente; él terminó besándola en los párpados, muy suavemente, con
la punta de los labios.
-¡Pero tú has llorado! - le dijo-. ¿Por
qué?
Ella rompió en sollozos, Rodolfo creyó
que era la explosión de su amor; como ella se callaba, él interpretó este
silencio como un último pudor y entonces exclamó:
-¡Ah!, ¡perdóname!, tú eres la única
que me gusta. ¡He sido un imbécil y un malvado!
¡Te quiero, te querré siempre! ¿Qué
tienes? ¡Dímelo! Y se arrodilló.
-¡Pues estoy arruinada, Rodolfo! ¡Vas a
prestarme mil francos! //
… … « ¡Ah! -pensó Rodolfo, que se puso muy
pálido de pronto-, ¡por eso has venido!» Por fin, dijo en tono tranquilo:
-No los tengo, querida señora mía.
… … Emma salió. Las paredes temblaban, el
techo la aplastaba; y volvió a pasar por la larga avenida tropezando en los
montones de hojas caídas que dispersaba el viento. … … Jadeaba hasta partirse
el pecho. Después, en un arrebato de heroísmo que la volvía casi alegre, bajó
la cuesta corriendo, atravesó la pasarela de las vacas, el sendero, la avenida,
el mercado y llegó a la botica.
//
………………..Justino regresó. Ella golpeó el
cristal. Él salió.
-¡La llave!, la de arriba, donde están
los...
-¿Cómo?
Y la miraba, todo asombrado por la palidez
de su cara.
-¡La quiero!, ¡dámela!
Decía que las necesitaba para matar las
ratas que no le dejaban dormir.
……-¡Justino! -gritó el boticario, que
estaba impaciente.
-¡Subamos!
Y él la siguió.
Giró la llave en la cerradura, y Emma fue
directamente al tercer estante, hasta tal punto la guiaba bien su recuerdo,
tomó el bote azul, le arrancó la tapa, metió en él la mano, y, retirándola
llena de un polvo blanco, se puso a comer allí con la misma mano.
-¡Quieta! -exclamó él echándose encima de
ella.
-¡Cállate!, pueden venir.
Él se desesperaba, quería llamar.
-¡No digas nada de esto, le echarían la
culpa a tu amo!
Después se volvió, súbitamente apaciguada,
y casi con la serenidad de un deber cumplido. //
……Cuando Carlos, trastornado por
la noticia del embargo, entró en casa, Emma acababa de salir. Gritó, lloró, se
desmayó, pero Emma no volvía.
……Esperó hasta las seis de la tarde.
Por fin, no pudiendo aguantar más, e imaginando que ella había salido para
Rouen, fue por la carretera principal, anduvo media legua, no encontró a nadie,
aguardó un rato y regresó.
//
Emma había vuelto. Se sentó ante su
escritorio y escribió una carta que cerró despacio, añadiendo la fecha del día
y la hora. Después dijo con un tosco aire solemne:
-La leerás mañana; hasta entonces, te lo
ruego, no me hagas ni una sola pregunta:
-Pero...
-¡Oh, déjame!
Y se acostó a todo lo largo de su cama.
-¡Tengo sed!, ¡oh!, tengo mucha sed -suspiró.
--- ¿Pues qué tienes? -dijo Carlos, que le
ofrecía un vaso.
-¡No es nada!... Abre la ventana... ¡me
ahogo!
Y le sobrevino una náusea tan repentina,
que apenas tuvo tiempo de coger su pañuelo bajo la almohada. //
……Movía la cabeza con un gesto
suave lleno de angustia, al tiempo que abría continuamente las mandíbulas, como
si llevara sobre su lengua algo muy pesado. A las ocho reaparecieron los
vómitos.
Carlos observó que en el fondo de la
palangana había una especie de arenilla blanca pegada a las paredes de
porcelana.
-¡Es extraordinario!, ¡es raro!
-repitió. Pero ella dijo con una voz fuerte:
-¡No, te equivocas!
Entonces, delicadamente y casi
acariciándola, le pasó la mano sobre el estómago. Emma dio un grito agudo.
Carlos se retiró todo asustado. //
…… -¡Ah!, ¡esto es atroz, Dios mío!
Carlos cayó de rodillas ante su lecho.
-¡Habla!, ¿qué has comido? ¡Contesta, por
el amor de Dios!
Y la miraba con unos ojos de ternura como
ella no había visto nunca.
-Bueno, pues allá..., allá... -dijo con una
voz desmayada. Carlos saltó al escritorio, rompió el sello y leyó muy alto:
«Que no acusen a nadie.» Se detuvo, pasó la mano por los ojos, y volvió a leer.
-¡Cómo!... ¡Socorro!, ¡a mi!
Y no podía hacer otra cosa que repetir esta
palabra: «¡Envenenada!, ¡envenenada!»
//
FRAGMENTO DE LA NOVELA “PAPÁ GORIOT” - HONORÉ
DE BALZAC
"... El
estudiante llamó recio a la puerta de Papá Goriot.
-- Vecino -- díjole
-, he visto a madame Delfina.
-¿Dónde?
- En los Italianos.
-¿Y se divertía
mucho? Pase adentro.
Y el
buen hombre, que saltara de la cama en camisa, abrió su puerta y volvió a
meterse en el lecho a toda prisa.
--Hábleme
de ella -rogó. //
Eugenio, que era la primera vez que ponía
los pies en el cuarto de Papá Goriot, no pudo dominar un gesto de estupefacción
al ver
el tabuco en que vivía el padre, después de haber admirado la toilette de
la hija. La ventana no tenía visillos; el papel de las paredes se desprendía en
muchos sitios por efecto de la humedad y se abarquillaba, dejando ver el yeso
amarillento por el humo. Yacía el buen hombre sobre un mal camastro, sin más
ropa que un delgado cobertor y unos cubrepiés enguantados, hecho con retazos
sanos de los vestidos viejos de madame Vauquer. El piso era húmedo y estaba
lleno de polvo. Frente a la ventana veíase una de esas viejas cómodas de palo
de rosa y panza
abombada que lucen tiradores de cobre retorcido a modo de sarmientos, adornados
con hojas o flores; un viejo mueble con tapa de madera sobre el que había un
jarro en su jofaina y todos los utensilios necesarios para afeitarse. En un
rincón, los zapatos; a la cabecera de la cama, una mesilla de noche, sin puerta
ni tapa de mármol; en el pico de la chimenea, que no mostraba indicios de
fuego, estaba la mesa cuadrada de nogal, cuya barra servíale a Papá Goriot para
desfigurar su fuente de plata sobredorada. Un pésimo secreter sobre el que se
veía el sombrero del buen hombre, un desfondado sillón de paja y dos sillas
completaban aquel mísero moblaje. El dosel de la cama, sujeto al techo por un
guiñapo, sostenía una pésima tira de tela a cuadros rojos y blancos. De fijo
que el más pobre recadero no estaría peor acondicionado en su desván que Papá
Goriot en casa de madame Vauquer. La vista de aquel cuartucho daba frío, le
encogía a uno el corazón, pues semejaba la más triste mazmorra de una cárcel. // Afortunadamente no notó Papá Goriot
la expresión que dibuj6se en el rostro de Eugenio al poner su vela en la
mesilla de noche. Volvióse a él el buen hombre, con el embozo hasta la
barbilla.
-¿Y qué tal? ¿Cuál
le gusta a usted más, madame de Restaud o madame de Nucingen?
- Prefiero a madame
Delfina - respondió el estudiante -, porque es la que más lo quiere a usted.
Ante esas palabras,
dichas con calor, sacó el buen hombre un brazo de la cama y apretóle a Eugenio
la mano.
-Gracias, gracias -respondió el viejo,
emocionado-. Pero ¿qué fue lo que le dijo de mí?
Repitió el estudiante, embelleciéndolas,
las palabras de la baronesa y el viejo escuchó lo cual si hubiese oído la
palabra de Dios.
- ¡Hija querida! Si..., sí...; me quiere
mucho. Pero no crea usted eso que le he dicho de Anastasia. Las dos hermanas se
tienen envidia, ¿entiende usted?, lo cual es una prueba más de lo que me
quieren. También madame de Restaud me quiere mucho. Me consta. Un padre es para
sus hijos como Dios para nosotros, cala hasta el fondo de las almas y juzga las
intenciones. Las dos son iguales de cariñosas. ¡Oh! Si yo hubiese tenido buenos
yernos, habría sido demasiado dichoso. Y, por lo visto, en este mundo no hay
dicha completa. Si yo hubiese vivido con ellas, con sólo oír sus voces, saber
que estaban allí, verlas entrar y salir como cuando las tenía conmigo,
brincárame el corazón de alegría. Y dígame: ¿iban bien puestas?
-Sí -dijo Eugenio-.// Pero,
monsieur Goriot, ¿cómo teniendo unas hijas tan bien casadas como las suyas,
puede vivir en este mechinal?
-Pero, a fe mía -respondió él, con aire
aparentemente despreocupado-, ¿para qué querría estar mejor? Trabajo me cuesta
explicárselo a usted; no sé decir dos palabras seguidas como es debido. Todo
está aquí -añadió, golpeándose el corazón--. Mi vida, la mía, está en mis dos
hijas. Si se divierten, si son felices, si van bien vestidas y pisan alfombras,
¿qué importa cómo sea la tela de mi traje ni el petate en que duerma? Yo no
tengo frío estando ellas calientes, ni me aburro jamás cuando ellas ríen. Mis
penas son las suyas. Cuando sea usted padre, cuando se diga a sí mismo, al oír
los trinos de sus nenes: "¡Eso ha salido de mi!", entonces sentirá
usted que cada una de esas
criaturas está unida a cada gota de sangre, de la que son la crema,
porque es eso. Se creerá usted prendido a su piel y que, al andar ellos, se
mueve usted también. Por todas partes me responde su voz. Una mirada suya, si es triste,
me hiela la sangre. Un día sabrá usted que es uno más feliz con la
felicidad de los hijos que con la suya propia. No puedo explicárselo; son
impulsos íntimos que difunden bienestar por doquiera. En una
palabra: que yo vivo tres veces. // ¿Quiere usted que le diga una cosa curiosa?
Pues bien: cuando fui padre, comprendí a
Dios. Está todo Él en todas partes, ya que de Él salió la creación. Así soy yo para mis hijas, monsieur.
Sólo que yo amo más a mis hijas que Dios al mundo, porque el mundo no es
tan bello como Dios y mis hijas son más bellas que yo. Tan metidas en el alma
las llevo, que yo tema la idea de que usted las vería esta noche. ¡Dios mío! Un
hombre que hiciese feliz a mi Delfinita, como lo es una mujer cuando la aman de
veras... ¡Oh, yo sería capaz de darle brillo a sus botas y hacerle sus recados!
Por su doncella supe que ese señoritingo de De Marsay es un mal bicho. Y me
entraron ganas de retorcerle el pescuezo. ¡No querer a una alhaja de mujer, con
una voz de ruiseñor y bien formada como un modelo! ¿Dónde tendría los ojos
cuando se casó con ese zoquete de alsaciano? A las dos les hacían falta unos
jóvenes guapos y simpáticos. Pero, en fin, ése fue su gusto. //
Papá Goriot estaba sublime. Nunca había
podido Eugenio verlo iluminado por los destellos de su paternal pasión. Cosa
digna de notarse es el poder de infusión que poseen los sentimientos. Por más
ordinaria que una criatura sea, en cuanto expresa un afecto fuerte y sincero,
exhala un fluido particular que modifica la fisonomía, anima el gesto e imprime
colorido a la voz. El ser más estúpido suele llegar, bajo el influjo de la
pasión, a la más alta elocuencia en la idea, si no en el lenguaje, y parece moverse
en una esfera luminosa. Tenía en aquel momento la voz y el gesto de aquel
hombre ese poder comunicativo que delata al gran actor. Pero ¿qué son nuestros
bellos sentimientos sino las poesías de la voluntad?..."
FRAGMENTO
DE LA NOVELA “CRIMEN Y CASTIGO”.- FEDOR DOSTOIEVSKY
Salió de la
comisaría con paso vacilante. La cabeza le daba vueltas. Le costaba gran
trabajo mantenerse sobre sus piernas. Empezó a bajar la escalera apoyándose en
la pared. Le pareció que una ordenanza que subía a la comisaría tropezó con él;
que, al llegar al primer piso, oyó ladrar a un perro, y vio que una mujer le
arrojaba un rodillo de pastelería mientras le gritaba para hacerle callar. Al
fin llegó a la planta baja y salió a la calle. // Entonces vio a Sonia. Estaba cerca del portal, y, pálida como una muerta,
le miraba con una expresión de extravío. Raskolnikof se detuvo ante ella. Una
sombra de sufrimiento y desesperación pasó por el semblante de la joven.
Enlazó las manos, y una sonrisa que no fue más que una mueca le torció los
labios. Rodia permaneció un instante inmóvil. Luego sonrió amargamente y volvió
a subir a la comisaría.
Ilia Petrovitch, sentado a su mesa, hojeaba un montón de papeles. El mujik
que acababa de tropezar con Raskolnikof estaba de pie ante él.
-¿Usted otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con los labios amoratados y la mirada inmóvil, Raskolnikof se acercó
lentamente a la mesa de Ilia Petrovitch, apoyó la mano en ella e intentó
hablar, pero ni una sola palabra salió de sus labios: sólo pudo proferir
sonidos inarticulados.
-¿Se siente usted mal? ¡Una silla! Siéntese. ¡Traigan agua!
Raskolnikof se dejó caer en la silla sin apartar los ojos del rostro de
Ilia Petrovitch, donde se leía una profunda sorpresa. Durante un minuto, los
dos se miraron en silencio. Trajeron agua.
-Fui yo... -empezó a decir Raskolnikof.
-Beba.
El joven rechazó el vaso y, en voz baja y entrecortada, pero con toda
claridad, hizo la siguiente declaración:
-Fui yo quien asesinó a hachazos, para robarles, a la vieja prestamista
y a su hermana Lisbeth.
Ilia Petrovitch abrió la boca. Acudió gente de todas partes. Raskolnikof
repitió su confesión. II
FRAGMENTO
DEL POEMA DE RUBÉN DARÍO:
El
año lírico Primaveral
Mes de rosas. Van mis rimas
en ronda, a la vasta selva,
y recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
es nuestro templo: allí ondea
y flota un santo perfume
de amor. El pájaro vuela
de un árbol a otro y saluda
la frente rosada y bella
como a un alba; y las encinas
robustas, altas, soberbias,
cuando tú pasas agitan
sus hojas verdes y trémulas,
y enarcan sus ramas como
para que pase una reina.
¡Oh amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.
Mira: en tus ojos, los míos;
da al viento la cabellera,
y que bañe el sol ese oro
de luz salvaje y espléndida.
Dame que aprieten mis manos
las tuyas de rosa y seda,
y ríe, y muestra tus labios
su púrpura húmeda y fresca.
Yo voy
a decirte rimas,
tú vas
a escuchar risueña;
si
acaso algún ruiseñor
viniese
a posarse cerca,
y a
contar alguna historia
de ninfas,
rosas o estrellas,
tú no
oirás notas ni trinos,
sino
enamorada y regia,
escucharás
mis canciones
fija en
mis labios que tiemblan.
¡Oh
amada mía! Es el dulce
tiempo
de la primavera.
… …
… … … …
FRAGMENTO
DE LA NOVELA “METAMORFOSIS”
“…Muy temprano, … Su hermana, ya casi
arreglada, abrió la puerta que daba al recibidor y le buscó ansiosamente con la
mirada. Al principio no le vio; pero al descubrirle debajo del sofá – ¡en algún
sitio había de estar! ¡No iba a haber volado!– se asustó tanto que,
compulsivamente, volvió a cerrar la puerta. Pero inmediatamente se arrepintió
de su reacción, pues volvió abrir y entró de puntillas, como si fuese la
habitación de un enfermo grave o un extraño. Gregorio, asomando apenas la
cabeza fuera del sofá, la observaba. ¿Se daría cuenta de que no había probado
la leche y, comprendiendo que no había sido por falta de hambre, le traería
alimentos más adecuados? Pero si no lo hacía, él preferiría morirse de hambre
antes que pedírselo, pese a que sentía enormes deseos de salir de debajo del
sofá y suplicarle que le trajese algo bueno de comer. Pero su hermana,
asombrada, advirtió inmediatamente que la cazoleta estaba intacta; únicamente
se había vertido un poco de leche. La recogió, y se la llevó.
Gregorio sentía una gran curiosidad por ver
lo que la bondad de su hermana le reservaba. A fin de ver cuál era su gusto, le
trajo un surtido completo de alimentos y los extendió sobre un periódico viejo:
legumbres de días atrás, medio podridas ya; huesos de la cena de la víspera,
rodeados de blanca salsa cuajada; pasas y almendras; un trozo de queso que dos
días antes Gregorio había descartado como incomible; un mendrugo de pan duro;
otro untado con mantequilla, y otro con mantequilla y sal. Volvió a traer la
cazoleta, que por lo visto quedaba destinada a Gregorio, pero ahora llena de
agua. Y por delicadeza (pues sabía que Gregorio no comería estando ella
presente) se retiró cuanto antes y echó la llave, sin duda para que Gregorio
comprendiese que nadie le iba a importunar.
//
Al
ir Gregorio a comer, sus antenas fueron sacudidas por una especie de vibración.
Pero por otra parte, sus heridas debían de haberse curado ya, pues no sintió
ninguna molestia, cosa que le sorprendió bastante, pues recordó que hacia más
de un mes se había cortado un dedo con un cuchillo y que el día anterior
todavía le dolía. « ¿Tendré menos sensibilidad que antes?», pensó, mientras
probaba golosamente el queso, que fue lo que más le atrajo.
Con gran avidez y llorando de alegría,
devoró sucesivamente el queso, las legumbres y la salsa. En cambio, los
alimentos frescos le disgustaron: su olor mismo le resultaba desagradable,
hasta el punto de que apartó de ellos las cosas que quería comer.
Hacía un buen rato que había terminado y
permanecido estirado perezosamente en el mismo sitio, cuando la hermana, sin
duda para darle tiempo a retirarse, empezó a girar lentamente la llave. A pesar
de estar medio dormido, Gregorio se sobresaltó y corrió a ocultarse de nuevo
debajo del sofá. Para permanecer allí, aunque sólo fue el breve tiempo que su
hermana estuvo en el cuarto, tuvo que hacer esta vez gran esfuerzo de voluntad,
pues, a consecuencia de la abundante comida, su cuerpo se había abultado lo
suficiente como para que apenas pudiera respirar en aquel reducido espacio. Un
tanto sofocado, contempló con los ojos desorbitados cómo su hermana, ajena a lo
que le sucedía barría no sólo los restos de la comida, sino también los
alimentos que Gregorio no había tocado, como si ya no pudiesen aprovecharse. Y
vio también cómo lo tiraba todo a un cubo, que cerró con una tapa de madera.
Apenas se hubo marchado su hermana con el cubo, Gregorio salió de su
escondrijo, se estiró y respiró profundamente. //
De esta manera recibió Gregorio, día tras
día, su comida: una vez por la mañana temprano, antes de que se levantaran sus
padres y la criada, y otra después del almuerzo, mientras los padres dormían la
siesta y la criada salía a algún recado al que la mandaba la hermana. Sin duda
sus padres tampoco querían que Gregorio se muriese de hambre; pero tal vez no
hubieran podido soportar el espectáculo de sus comidas, y era mejor que sólo
tuvieran noticias de ellas a través de la hermana. Tal vez también quería ésta
ahorrarles un sufrimiento extra…”
FRAGMENTO DE “EL VIEJO Y EL MAR” – ERNEST HEMINGWAY
Era un viejo que pescaba solo
en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.
En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después
de cuarenta días sin haber pescado los padres del muchacho le habían dicho que
el viejo estaba definitiva y rematadamente salado, lo cual era la peor forma de
la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote
que cogió tres buenos peces la primera semana.
Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.
Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.
El viejo
era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello.
Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus
reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrían por los
lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices
que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces.
Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos............
Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos............
FRAGMENTO DE “DOÑA
BÁRBARA” – RÓMULO GALLEGOS
TERCERA
PARTE XIII LA
DAÑERA Y SU SOMBRA
CERCA
DE la anochecida, al dirigirse a la cocina para prepararle la comida a Santos,
ya al entrar, Marisela oyó que la india Eufrasia le decía a Casilda: -¿Para qué
iba a ser, pues, ese empeño de Juan Primito en que el doctor se dejara medir?
¿A quién puede interesarle esa medida, si no es a doña Bárbara, que es voz
corriente que se ha enamorado del doctor?
-¿Y tú crees en eso de la medida, mujer? -replicó Casilda.
-¿Que si creo? ¿Acaso no he visto pruebas? Mujer que se amarre en la cintura la medida de un hombre, hace con él lo que quiera (…) Marisela se estremeció al oírlo. A pesar del empeño que había tomado Santos en combatirle la creencia en supercherías, y aunque ella misma aseguraba que ya no les prestaba crédito, la superstición estaba asentada en el fondo de su alma. Por otra parte, las palabras de las cocineras, oídas conteniendo el aliento y con el corazón por salírsele del pecho, habían convertido en certidumbre las horribles sospechas que ya le habían cruzado por la mente: su madre, enamorada del hombre a quien ella amaba…//
En esto vio llegar a Pajarote. Le salió al encuentro preguntándole:
--¿No ha visto por el camino a Juan Primito?
-Me crucé con él más allá del alcornocal. Ya debe de estar llegando a El Miedo, porque iba como alma que lleva el diablo.
Pensó un instante y en seguida dijo: -Necesito ir ahora mismo a El Miedo. ¿Quieres acompañarme?
-¿Y el doctor? -objetó Pajarote-. ¿No está aquí?
-Sí. En la casa está. Pero él no debe saberlo. Me iré escondida. Ensílleme la Catira, sin que nadie se dé cuenta.
-Pero, niña Marisela -objetó Pajarote.
-No. Es inútil, Pajarote. No pierda su tiempo tratando de hacerme desistir. Es necesario que yo vaya a El Miedo ahora mismo. Si usted no se atreve a acompañarme...
-No me diga nada más. Ya voy a estar ensillando la Catira. Espéreme detrás del topochal y así no la verán salir (…) //
Al abrigo del topochal se alejaron de las casas sin ser vistos, cuando ya empezaba a cerrar la noche. El deseo de no tener que encararse con la madre le hizo decir a Marisela:
-¿Cree usted que si apuramos alcanzaremos a Juan Primito antes de que llegue?
-Aunque destrocemos las bestias no lo alcanzaremos -respondió Pajarote-. Con la ventaja que nos lleva y el tamaño de las zancadas, si no ha llegado todavía será muy poco lo que le falte. //
En efecto, en aquel momento llegaba Juan Primito a El Miedo. Encontró a doña Bárbara sentada a la mesa.
Estaba sola, pues hacía varios días que Balbino Paiba, temeroso de provocar con su presencia la ruptura ya inminente, no se dejaba ver por allí.
-Aquí tiene lo que me encargó -dijo Juan Primito, sacándose de la faltriquera el ovillo de cordel y poniéndolo en la mesa-. Ni le falta ni le sobra un pelito.
En seguida refirió las mañas que tuvo que darse para tomarle la medida a Luzardo.
-Bien -díjole doña Bárbara-. Puedes retirarte. Pide en la pulpería lo que quieras.
Y se quedó pensativa, contemplando aquel pedazo de cordel grasiento, que tenía algo de Santos Luzardo y que debía traerlo a caer entre sus brazos, según una de las convicciones más profundamente arraigadas en su espíritu. Ya los apetitos se habían convertido en pasión, y puesto que el hombre deseado que debía ir a entregársele”con sus pasos contados”, no los encaminaba hacia ella, de la tiniebla del alma supersticiosa y bruja había surgido la amenazadora resolución de apoderarse de él por artes de ensalmadora. //
Entretanto, ya Marisela se acercaba a la casa. Rompiendo, por fin, el caviloso silencio en que hizo el trayecto, díjole a Pajarote:
-Necesito hablar con... mi madre. Llegaré sola hasta la casa. Usted se queda un poco más acá, de modo que si me veo en un apuro. . . oiga cuando lo grite.
-Si así lo dispone usted, así será -respondió el peón, complacido en el coraje de la muchacha-. Y no tenga cuidado, que no tendrá que gritarme dos veces.
Se detuvieron al abrigo de unos árboles. Marisela bajó del caballo y avanzó resuelta, al hilo del palo apique de la majada. ///
Un instante, apenas, le flaqueó la voluntad al atravesar el corredor de aquella casa que por primera vez visitaba…
Doña Bárbara acababa de levantarse de la mesa y había pasado a la habitación contigua.
Repuesta de su turbación, Marisela adelantó la cabeza. Dio un paso y otro y otro sigilosamente y mirando en derredor. El golpe del corazón le retumbaba dentro del cráneo; pero ya no tenía miedo.
En la habitación de los conjuros, ante la repisa de las imágenes piadosas y de los groseros amuletos, donde ardía una vela acabada de encender, doña Bárbara, de pie y mirando el guaral que medía la estatura de Luzardo, musitaba la oración del ensalma miento:
-Con dos te miro, con tres te ato: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. ¡Hombre! Que yo te vea más humilde ante mí que Cristo ante Pilatos. Y deshaciendo el ovillo, se disponía a ceñirse el cordel a la cintura, cuando de pronto se lo arrebataron de las manos. Se volvió bruscamente y se quedó paralizada por la sorpresa. ////
-¿Y tú crees en eso de la medida, mujer? -replicó Casilda.
-¿Que si creo? ¿Acaso no he visto pruebas? Mujer que se amarre en la cintura la medida de un hombre, hace con él lo que quiera (…) Marisela se estremeció al oírlo. A pesar del empeño que había tomado Santos en combatirle la creencia en supercherías, y aunque ella misma aseguraba que ya no les prestaba crédito, la superstición estaba asentada en el fondo de su alma. Por otra parte, las palabras de las cocineras, oídas conteniendo el aliento y con el corazón por salírsele del pecho, habían convertido en certidumbre las horribles sospechas que ya le habían cruzado por la mente: su madre, enamorada del hombre a quien ella amaba…//
En esto vio llegar a Pajarote. Le salió al encuentro preguntándole:
--¿No ha visto por el camino a Juan Primito?
-Me crucé con él más allá del alcornocal. Ya debe de estar llegando a El Miedo, porque iba como alma que lleva el diablo.
Pensó un instante y en seguida dijo: -Necesito ir ahora mismo a El Miedo. ¿Quieres acompañarme?
-¿Y el doctor? -objetó Pajarote-. ¿No está aquí?
-Sí. En la casa está. Pero él no debe saberlo. Me iré escondida. Ensílleme la Catira, sin que nadie se dé cuenta.
-Pero, niña Marisela -objetó Pajarote.
-No. Es inútil, Pajarote. No pierda su tiempo tratando de hacerme desistir. Es necesario que yo vaya a El Miedo ahora mismo. Si usted no se atreve a acompañarme...
-No me diga nada más. Ya voy a estar ensillando la Catira. Espéreme detrás del topochal y así no la verán salir (…) //
Al abrigo del topochal se alejaron de las casas sin ser vistos, cuando ya empezaba a cerrar la noche. El deseo de no tener que encararse con la madre le hizo decir a Marisela:
-¿Cree usted que si apuramos alcanzaremos a Juan Primito antes de que llegue?
-Aunque destrocemos las bestias no lo alcanzaremos -respondió Pajarote-. Con la ventaja que nos lleva y el tamaño de las zancadas, si no ha llegado todavía será muy poco lo que le falte. //
En efecto, en aquel momento llegaba Juan Primito a El Miedo. Encontró a doña Bárbara sentada a la mesa.
Estaba sola, pues hacía varios días que Balbino Paiba, temeroso de provocar con su presencia la ruptura ya inminente, no se dejaba ver por allí.
-Aquí tiene lo que me encargó -dijo Juan Primito, sacándose de la faltriquera el ovillo de cordel y poniéndolo en la mesa-. Ni le falta ni le sobra un pelito.
En seguida refirió las mañas que tuvo que darse para tomarle la medida a Luzardo.
-Bien -díjole doña Bárbara-. Puedes retirarte. Pide en la pulpería lo que quieras.
Y se quedó pensativa, contemplando aquel pedazo de cordel grasiento, que tenía algo de Santos Luzardo y que debía traerlo a caer entre sus brazos, según una de las convicciones más profundamente arraigadas en su espíritu. Ya los apetitos se habían convertido en pasión, y puesto que el hombre deseado que debía ir a entregársele”con sus pasos contados”, no los encaminaba hacia ella, de la tiniebla del alma supersticiosa y bruja había surgido la amenazadora resolución de apoderarse de él por artes de ensalmadora. //
Entretanto, ya Marisela se acercaba a la casa. Rompiendo, por fin, el caviloso silencio en que hizo el trayecto, díjole a Pajarote:
-Necesito hablar con... mi madre. Llegaré sola hasta la casa. Usted se queda un poco más acá, de modo que si me veo en un apuro. . . oiga cuando lo grite.
-Si así lo dispone usted, así será -respondió el peón, complacido en el coraje de la muchacha-. Y no tenga cuidado, que no tendrá que gritarme dos veces.
Se detuvieron al abrigo de unos árboles. Marisela bajó del caballo y avanzó resuelta, al hilo del palo apique de la majada. ///
Un instante, apenas, le flaqueó la voluntad al atravesar el corredor de aquella casa que por primera vez visitaba…
Doña Bárbara acababa de levantarse de la mesa y había pasado a la habitación contigua.
Repuesta de su turbación, Marisela adelantó la cabeza. Dio un paso y otro y otro sigilosamente y mirando en derredor. El golpe del corazón le retumbaba dentro del cráneo; pero ya no tenía miedo.
En la habitación de los conjuros, ante la repisa de las imágenes piadosas y de los groseros amuletos, donde ardía una vela acabada de encender, doña Bárbara, de pie y mirando el guaral que medía la estatura de Luzardo, musitaba la oración del ensalma miento:
-Con dos te miro, con tres te ato: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. ¡Hombre! Que yo te vea más humilde ante mí que Cristo ante Pilatos. Y deshaciendo el ovillo, se disponía a ceñirse el cordel a la cintura, cuando de pronto se lo arrebataron de las manos. Se volvió bruscamente y se quedó paralizada por la sorpresa. ////
Era
la primera vez que se encontraban frente a frente madre e hija, desde que
Lorenzo Barquero fue obligado a abandonar aquella casa. Ya sabía doña Bárbara
que Marisela era otra persona desde que estaba en Altamira; pero a la sorpresa de la
aparición intempestiva se añadió la que le produjo la hermosura de la hija, y
esto no le permitió precipitarse sobre ella a recuperar el cordel.
Ya iba a hacerlo, pasado el momentáneo desconcierto, cuando Marisela volvió a detenerla, exclamando: -¡Bruja!
Tal como dos masas que chocan, saltan en el encontronazo y caen luego desmoronadas, confundiendo sus fragmentos, así sucedió en el corazón de doña Bárbara cuando en los labios de la hija estalló el epíteto degradante, que nadie fuera osado a pronunciar en su presencia. El hábito del mal y el ansia del bien, lo que ella era y lo que anhelaba ser para que pudiese amarla Santos Luzardo, chocaron, se encresparon y se confundieron, deshechos, en una masa informe de sentimientos elementales.
Entretanto, Marisela se había precipitado a la repisa y echado al suelo, de una sola manotada, toda la horrible mezcla que allí campaba: imágenes piadosas, fetiches y amuletos de los indios, la lamparilla que ardía ante la estampa del Gran Poder de Dios y la vela de la alumbradora, mientras con una voz ronca, de indignación y de llanto contenido, rugía: -¡Bruja! ¡Bruja!
Enfurecida, rugiente, doña Bárbara se le arrojó encima, le sujetó los brazos y trató de arrebatarle la cuerda.
La muchacha se defendió, debatiéndose bajo la presión de aquellas manos hombrunas, que ya le desgarraban la blusa, desnudándole el pecho virginal, para apoderarse de la cuerda que había ocultado en el regazo, cuando una voz reposada y enérgica, ordenó: -¡Déjela!
Era Santos Luzardo, que acababa de aparecer en el umbral de la puerta…//
Ya iba a hacerlo, pasado el momentáneo desconcierto, cuando Marisela volvió a detenerla, exclamando: -¡Bruja!
Tal como dos masas que chocan, saltan en el encontronazo y caen luego desmoronadas, confundiendo sus fragmentos, así sucedió en el corazón de doña Bárbara cuando en los labios de la hija estalló el epíteto degradante, que nadie fuera osado a pronunciar en su presencia. El hábito del mal y el ansia del bien, lo que ella era y lo que anhelaba ser para que pudiese amarla Santos Luzardo, chocaron, se encresparon y se confundieron, deshechos, en una masa informe de sentimientos elementales.
Entretanto, Marisela se había precipitado a la repisa y echado al suelo, de una sola manotada, toda la horrible mezcla que allí campaba: imágenes piadosas, fetiches y amuletos de los indios, la lamparilla que ardía ante la estampa del Gran Poder de Dios y la vela de la alumbradora, mientras con una voz ronca, de indignación y de llanto contenido, rugía: -¡Bruja! ¡Bruja!
Enfurecida, rugiente, doña Bárbara se le arrojó encima, le sujetó los brazos y trató de arrebatarle la cuerda.
La muchacha se defendió, debatiéndose bajo la presión de aquellas manos hombrunas, que ya le desgarraban la blusa, desnudándole el pecho virginal, para apoderarse de la cuerda que había ocultado en el regazo, cuando una voz reposada y enérgica, ordenó: -¡Déjela!
Era Santos Luzardo, que acababa de aparecer en el umbral de la puerta…//
FRAGMENTO DE “EL SEÑOR PRESIDENTE” – MIGUEL ÁNGEL
ASTURIAS
Por una vereda de tierra color de
leche, que se perdía en el basurero, bajó un leñador seguido de su perro: el
tercio de leña a la espalda, la chaqueta doblada sobre el tercio de leña y el
machete en los brazos como se carga a un niño. El barranco no era profundo, mas
el atardecer lo hundía en sombras que amortajaban la basura hacinada en el fondo,
desperdicios humanos que por la noche aquietaba el miedo. El leñador volvió a
mirar. Habría jurado que le seguían. Más adelante se detuvo. Le jalaba la
presencia de alguien que estaba allí escondido. El perro aullaba, erizado, como
si viera al Diablo…. A poco, el perro echó a correr hacia donde estaba el Pelele.
Al leñador le sacudió frío de miedo. Y se acercó paso a paso tras el perro a
ver quién era el muerto.
Sin dejar la carga -más le pesaba el
miedo- tiró de un pie al supuesto cadáver y cuál asombro tuvo al encontrarse
con un hombre vivo, cuyas palpitaciones formaban gráficas de angustia a través
de sus gritos y los ladridos del can, como el viento cuando entretela la
lluvia. Los pasos de alguien que andaba por allí, en un bosquecito cercano de
pinos y guayabos viejos, acabaron de turbar al leñador. Si fuera un policía...
De veras, pues... Sólo eso le faltaba...
Pensó
huir... Pero huir era hacerse reo de delito... Peor aún si era un policía...
/// Y volviéndose al herido:
-¡Preste,
pues, con eso lo ayudo a pararse!... ¡Ay, Dios, si por poco lo matan!...
¡Preste, no tenga miedo, no grite, que no le estoy haciendo nada malo! Pasé por
aquí, lo vide botado y...
-Vi que
lo desenterrabas -rompió a decir una voz a sus espaldas- y regresé porque creí
que era algún conocido; saquémoslo de aquí...
El
leñador volvió la cabeza para responder y por poco se cae del susto. Se le fue
el aliento y no escapó por no soltar al herido, que apenas se tenía en pie. El
que le hablaba era un ángel: tez de dorado mármol, cabellos rubios, boca
pequeña y aire de mujer en violento contraste con la negrura de sus ojos
varoniles. Vestía de gris. Su traje, a la luz del crepúsculo, se veía como una
nube. Llevaba en las manos finas una caña de bambú muy delgada y un sombrero
limeño que parecía una paloma.
¡Un
ángel... -el leñador no le desclavaba los ojos-, un ángel -se repetía-, ...un
ángel! ///
-Se ve
por su traje que es un pobrecito -dijo el aparecido-. ¡Qué triste cosa es ser
pobre!...
-Sigún; en
este mundo todo tiene sus asigunes. Véame a mí; soy bien pobre, el trabajo, mi
mujer y mi rancho, y no encuentro triste mi condición -tartamudeó el leñador
como hablando dormido para ganarse al ángel, cuyo poder, en premio a su
cristiana conformidad, podía transformarlo, con sólo querer, de leñador en rey.
Y por un instante se vio vestido de oro, cubierto por un manto rojo, con una
corona de picos en la cabeza y un cetro de brillantes en la mano. El basurero
se iba quedando atrás...
-¡Curioso!
-observó el aparecido sacando la voz sobre los lamentos del Pelele.
-Curioso,
¿por qué?... Después de todo, somos los pobres los más conformes…. ¡
El herido
se desmayó dos y tres veces en la cuesta, cada vez más empinada. Los árboles
subían y bajaban en sus ojos de moribundo, como los dedos de los bailarines en
las danzas chinas. Las palabras de los que le llevaban casi cargado recorrían
sus oídos haciendo equis como borrachos en piso resbaloso. Una gran mancha
negra le agarraba la cara. Resfríos repentinos soplaban por su cuerpo la ceniza
de las imágenes quemadas….
-¿Quién
le pegaría a este pobre hombre? -añadió el leñador para cambiar de
conversación, molesto por lo que acababa de decir.
-Nunca
falta...
-Verdá
que hay prójimos para todo... A éste sí que sí que... lo agarraron como matar
culebra: un navajazo el la boca y al basurero.
-Sin duda
tiene otras heridas.
-La del
labio pa mí que se la trabaron con navaja de barba, y lo despeñaron aquí, no
vaya usté a crer, para que el crimen quedara oculto.
-Pero
entre el cielo y la tierra...
-Lo mismo
iba a decir yo. ////
Los
árboles se cubrían de zopilotes ya para salir del barranco y el miedo, más
fuerte que el dolor, hizo callar al Pelele; entre tirabuzón y erizo encogióse
en un silencio de muerte.
El viento
corría ligero por la planicie, soplaba de la ciudad al campo, hilado, amable,
familiar...
El
aparecido consultó su reloj y se marchó de prisa, después de echar unas cuantas
monedas en el bolsillo y despedirse del leñador afablemente. ///
El
leñador abandonó al herido al llegar a las primeras casas; todavía le dijo por
dónde se iba al Hospital. El Pelele entreabrió los párpados en busca de
alivio, de algo que le quitara el hipo; pero su mirada de moribundo, fija como
espina, clavó su ruego en las puertas carradas de la calle desierta.
Remotamente se oía clarines, sumisión de pueblo nómada, y campanas que decían
por los fieles difuntos de tres en tres toques trémulos: ¡Lás-tima!...
¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!...
FRAGMENTO DE “CIEN AÑOS DE
SOLEDAD” DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella
tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos.
Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.»
José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados.
Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido............
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos.
Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.»
José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados.
Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido............
ESQUEMA A CONSIDERARSE PARA ESTUDIAR EL TEMA QUE TE HA TOCADO.
*ARGUMENTO
DE LA OBRA:
A.- ELEMENTOS
EXTRÍNSECOS:
1.- ¿A qué corriente o escuela literaria pertenece
el texto? ¿Por qué?: Mencionar
representantes
2.-. ¿A qué género y especie, por qué?
3.- Autor y obras
4.- Contexto histórico socio- cultural del autor y de la obra.
B.-
ELEMENTOS INTRÍNSECOS:
1.- Lectura atenta del fragmento, usando el subrayado
1.1.- Título del fragmento (¿Por qué
lleva ese título?
1.2.- Vocabulario (Averiguar el significado de las palabras desconocidas
por el contexto o en el diccionario)
2.- Escribir el argumento del texto leído (De lo que sucede en la trama):
3.- Precisar el tema principal que desarrolla el texto y los temas secundarios
4.- Caracterizar a los personajes
principal (es) y secundarios
5.- Describir el escenario donde se realizan los acontecimientos:
6.- Determinar al narrador:
7.- Aspectos formales:
7.1.- Lengua (Niveles de lengua).
7.2.- Estilo:
7.3.-
Recursos estilísticos:
C.- APRECIACIÓN
PERSONAL
1.- ¿Cómo te parece el texto que has leído? ¿Por qué?
2.- ¿Tiene práctica de valores, cómo?
D.- Elabora un esquema literario con: argumento
del fragmento, temas, personajes, escenario, narrador, recursos estilísticos,
corriente y género literario, autor y obras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario